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lunes, 13 de febrero de 2017

Amigo

"Children Playing" - Artista: José Navarro




Cuando el niño se agachó para tomar el caramelo, los ojos en la penumbra ya lo observaban.

Dos esferas rojas como la sangre surgían entre los arbustos. La espalda del infante se tensó, tal cual un cachorro en problemas, cuando las observó penetrar en su alma. Recuerdos, en los que brotaban pequeños atisbos de infancia,  se destaparon como una cloaca inundada de suciedad citadina; la sensación de peligro le otorgó la habilidad única de soñar su pasado. Pero su presente era difuso.

─Ven ─dijo la voz entre la maleza.
─¿Quién es? ─el niño aguantaba la orina haciendo movimientos absurdos con sus piernas, angustiado. El caramelo aún no llegaba a sus manos y quizás nunca llegaría.

***

La mañana del martes inició con un desayuno desganado, insípido y sin amor. Huevos sin sal, con casabe. Las paredes roídas de la casa, la humedad debido al clima y un estómago que rugía como animal, dieron los buenos días a Rubén. La noche pasada se le hizo imposible alimentarse como quería: la conciencia no dejaría que acabase con toda la torta de casabe, solo porque debía quedar suficiente para el desayuno y para que el resto de sus hermanos pudiesen comer.

La madre, sentada en la mesa con él y sus otros dos hijos, miraba los platos con inquietud. Un pedazo de casabe y un huevo frito para cada uno. Pero su voz fue suave al hablar, calmada, como la de cualquier otra mujer que pretende apaciguar a sus pequeños con una canción de cuna improvisada:

─Cómanselo todo, que después no habrá más.

Santiago, el más pequeño de los tres, refutó el horrible plato de comida y exigió, apenas se sentó en la mesa, una arepa con queso. La mirada de Mirta, la madre, cambió a la velocidad de un rayo, de sutil a molesta. El pequeño captó el mensaje. Rubén, por otro lado, se tragó sus comentarios por temor a ser merecedor de un cholazo, mientras que Mateo, el hijo del medio que padecía de síndrome de down, devoraba su plato como si de pizza con salchichón se tratase.

***

─Prometí volver un día húmedo pero caluroso. Aquí estoy. ¿Qué me traes?
─Un Gato ─respondió Rubén a la sombra entre la maleza. El niño ya se había orinado en los pantalones. Cuando sacó de su bolsito la caja de zapatos que hurtó del diminuto armario de su madre, y que portaba el cadáver del felino, pudo escuchar cómo la respiración de la criatura se aceleraba. El pequeño percató que el caramelo había desaparecido, una vez que decidió observar cómo el líquido amarillo corría por sus piernas hasta mojar sus zapatitos.

***

Rubén salió a pasear con el estómago vacío. Era su plan de siempre: ponerse la máscara más triste resultaba una táctica maravillosa para atraer a los niños que comían dulces en el parque, que curiosamente ni siquiera conocía, o a alguna mujer metiche del barrio que fingiese la perfecta personalidad altruista de madre cuidadosa, pero luego cualquiera la encontraba en la formulación de palabras despectivas, arrojadas como bombas hacia la familia del niño ─siempre en secreto, como un espía─, con el ego enaltecido por haberle regalado migajas a un pobre animal hambriento.
Pero no funcionó. Los niños que esa mañana jugaban en el parque ya conocían las intenciones de Rubén, se habían formulado una idea nada agradable de aquel méndigo de galletas y chocolates, y cuando las nubes formaron tonos grises mientras que el viento las acompañaba para espantar a los odiosos infantes, se fueron sin saludarlo o despedirse. Las vecinas no salieron a parlotear ese día. El mundo conspiró para no darle alimento.
Las primeras gotas cayeron. Rubén no se fue a casa; algo se interesó en él.

***

Cuando se abrió la puerta de la casa, las fosas nasales de la bestia se expandieron. Esta lo vio todo. Vio al niño mirar a los otros infantes. Vio las sutiles gotas de agua que mojaban su cabello de retoño, de forma delicada, y formaban una escarcha natural cuando los escasos rayos de luz solar lo alcanzaron. Vio la cara triste. Pero, sobre todo, escuchó el rugir de su estómago, era el gruñido de una criatura agonizante.


Artista: Adele Marie Rannes.

***

─¿Qué es un gato? ─preguntó la criatura, aún sin mostrar su rostro.
─Es como un perrito, pero más aburrido. No hacen nada, solamente comen y se duermen como que por mucho rato y saltan más alto que los perritos.
─¿A qué sabe el gato?
─Yo no sé.
La vez pasada la caja de zapatos portaba una rata muerta que encontró en el basurero. El gato que ofrecía en esta nueva ocasión era del vecino. El Señor Picarón cumplió ocho años la semana pasada. Se trataba de un gato precioso, con rayas naranjas en todo su cuerpo blanco; amistoso, cercano a los humanos como cualquier perro, sin nada que envidiarle a esa especie. Años atrás, Rubén solía jugar con el Señor Picarón cuando el felino se escapaba de su casa y se escabullía por el jardín para entrar a la cocina de su familia. Maullaba por comida, juegos, atención, y Rubén se los otorgaba sin pensarlo. La mañana en la que el niño se topó con la criatura, El Señor Picarón murió tras comerse un ratón envenenado de doña Priscila, la mujer que vivía en la casa contigua, que odiaba a los gatos con toda su alma luego de haber sufrido un accidente con uno cuando tenía siete años. Rubén encontró el cadáver en la acera, lo metió en la caja de zapatos y decidió llevarlo a su nuevo amigo.
Incómodo por la sensación húmeda en sus pantalones que lo distraía de su labor, se acercó al arbusto poco a poco y cuando sintió que estaba lo suficientemente próximo a los ojos rojos que lo observaban, abrió la caja y depositó el cadáver en la hierba áspera que brotaba del terreno. Esperó, con la ilusión de poder observar a la criatura en su completo aspecto, pero su plan se precipitó hasta destruirse como un avión entre las montañas cuando escuchó la voz gruesa de su acompañante:
─Vete.
─Te quiero ver ─respondió el tembloroso y mojado Rubén.
─Vete ─insistió la criatura. La luz roja de sus ojos se apagó.
No era justo para el niño. No había hecho todo eso por nada. Quería saber quién le hablaba. Cuando dejó su hogar para hablarles a los niños mezquinos del barrio, con la esperanza de comerse sus dulces, no se imaginó que haría otro amigo. De hecho, si en realidad se le pudiese considerar “amigo” a la criatura, vendría siendo el único que Rubén hubiera hecho desde preescolar. De pronto el hambre ya no era el centro de su atención, a pesar del palpitar agresivo de su estómago, ansioso por más casabe con huevo frito.
Corrió rápido hasta su casa pero no entró. Se quedó esperando a que corriera el tiempo para volver y hablar de nuevo con su nuevo acompañante. Pensó que era oportuno cambiarse de ropa, pues despedía un olor terrible a orine y sudor, pero no lo hizo; la curiosidad le ganaba a su vergüenza.

***

Ya le había dado una rata y un gato. Cuando Rubén regresó al arbusto donde salía la voz desconocida, se armó de valor para hablarle a la criatura.
─¡Quiero verte!
─¿Por qué?
─Porque nadie me habla.
─Entonces tienes que darme más comida. El gato estaba muerto. La rata estaba muerta. La carne de un ser sin alma no me llena, no me satisface. Me hace falta sentir el latido del corazón, la respiración, la desesperación, el miedo.
─Quiero ser tu amigo.
─Me gusta la idea.
─¿Qué quieres?
─Dame algo grande y vivo.
Algo grande y vivo. Rubén corrió de nuevo hacia el parque. Las nubes en el cielo se unieron para tejer un manto gris que cubría la luz del sol. Pequeñas lenguas resplandecientes se colaban entre ellas, y esto pintaba la lobreguez de un encierro al aire libre. Contradictorio, pero tan real como las ansias y la soledad del niño que buscaba la aceptación de un ser sobrenatural.
Encontró un poodle callejero y lo atrajo con pedazos de pan que sacó de la cocina. Cuando lo llevó hacia la criatura, se quedó esperando algo nuevo. El animalito tensó su cuerpo, sus ojos no paraban de observar el arbusto, casi salían de sus órbitas.
La respiración que salía del arbusto era densa pero rápida. Rubén recordó los últimos días de su abuelo Teodoro, tan viejo, tan débil; parecía era el mismo resonar de su respiración. Tan extraña. Pero la del anciano buscaba la muerte en el aire, la de esta bestia rastreaba la vida que tenía en sus narices. Entonces Rubén vio cómo salía una lengua larga y gruesa ─como las mangueras de los bomberos que veía en la televisión─, negra como la noche y húmeda ante la poca luz que llegaba al terreno y rozaba la guarida.
El niño olió la pestilencia de la boca de la criatura: un olor a pescado podrido. No podía ver nada más, solo la lengua negra, y a sus oídos llegaba la respiración estruendosa que ni el fuerte viento tormentoso callaba. Tronó un ruido espantoso. Una lucha. Un ladrido. El perrito desapareció en un pestañeo.
─Y ahora somos panas ─alegó Rubén con extrema seguridad.
─Yo sigo con hambre ─respondió la criatura, después de parar el crujir de sus dientes que trituraban los huesos del canino. Sus ojos brillaron de nuevo.

***
Artista: Oresegun Olumide.
El caramelo seguía en el bolsillo del niño. Llegó a su hogar, bastante decepcionado. Cuando entró, observó el techito de zinc, el suelo de tierra que ensuciaba sus zapatos siempre que pasaba. La mesa estaba vacía, sin mantel, y tres sillas la rodeaban, en las que se sentaba con sus hermanos para comer. Notó cómo una energía extraña recorría su cuerpo. Lo entristecía. Y entonces se le ocurrió algo.
Mateo jugaba con dos diminutos autos de carreras de plástico en un rincón. Uno rojo, otro negro. Los chocaba y simulaba con su voz una explosión. Sonrió cuando vio a Rubén y le mostró sus carritos. Quería jugar con su hermano mayor.
Rubén tocó su bolsillo por fuera y sintió el caramelo duro y redondo. Lo había encontrado antes de conocer a la criatura. Pero no lo tomó del piso sino hasta después que se orinó en los pantalones. La mamá no hacía mucho con su día. Tenía meses sin trabajo. Estaba dormida, así que no los escuchó conversar. Rubén bañó a Mateo y lo vistió con prendas de colores vivos. 
─¿Quieres un caramelito, Mateo?

Mateo sonrió y se acercó a su hermano cuando terminó de arreglarlo, luego partieron tomados de la mano. Ese día jugaron en el parque. Ese día Rubén hizo un nuevo amigo. Uno que partió esa noche a otra localidad, arrastrándose como un gusano y con el estómago lleno.


2 comentarios:

  1. Me recordó a "Las sombras en tu rostro", el mismo suspenso hasta conocer el final, y siempre presente esa aura ominosa e incómoda, húmeda, pestilente, lóbrega como dices tú. Esperaba un desenlace triste, pero nada evidente, me alegré cuando Rubén llevó a Mateo al parque y dices que "ese día Rubén hizo un nuevo amigo", creyendo que ese amigo era Mateo, previo a la última frase que devela otro cuentro final, el esperado, no me equivoqué. Siempre bueno leerte.

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    1. Mil gracias. Siempre es grato leer tus comentarios.

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